Uniformes de Chile: Los soldados de la Patria



En 1810, la Primera Junta Nacional de Gobierno pidió al capitán de Ingenieros don Juan Mackenna un estudio sobre defensa del territorio y organización del Ejército de la Patria.

Resultado de este estudio fue la creación del Batallón de Infantería Granaderos de Chile y los escuadrones de caballería Dragones de Chile. Estas unidades seguían la moda española, especialmente el Batallón Granaderos, cuyo uniforme mantenía el morrión alto de los granaderos españoles, pero forrado en tela azul, con la vuelta lacre y adornado con una granada dorada.



El diseño de estos uniformes ya está influenciado por los cambios introducidos durante el período de la revolución francesa. Los granaderos de azul, con polainas altas y negras, y pantalones blancos, acompañan a los distintos cuerpos de dragones que, al igual que en la metrópolis, se distinguen por el color de sus uniformes.

Los uniformes creados por José Miguel Carrera, especialmente el de Húsares de la Gran Guardia, se ciñen a las normas establecidas en España durante la invasión napoleónica.

Al asumir el gobierno don José Miguel Carrera (1811), aumentó la dotación del Granaderos de Chile a 1.200 plazas, creó el Regimiento de Caballería Húsares de la Gran Guardia en base a los disueltos Dragones, y organizó el Escuadrón Húsares de la Gran Guardia del General.


El Regimiento de Húsares de la Gran Guardia fue creado por don José Miguel Carrera en el año 1812 y contaba con 500 hombres distribuidos en dos escuadrones de tres compañías cada uno, y una Planta Mayor. Vestían chaquetilla y pantalón azul con trenzado y vivos negros, morrión azul con cordones negros, penacho blanco. La pelliza azul con borde de piel y trenzado negros. Los oficiales reemplazaban el trenzado negro por uno amarillo y los cordones del morrión eran blancos. Este Regimiento fue reforzado en 1814 por los llamados Húsares de la Guardida del General, formados en base a los Regimientos de Milicias del Principe, La Princesa, Dragones de Sagunto y Regimiento San Fernando.  Vestían el mismo uniforme de los Húsares pero se armaban sólo de lanza y sable.

Estos cuerpos, más las milicias que se unieron a sus fuerzas, combatieron a los bravos defensores del Rey, que a principios de 1813 iniciaron la Reconquista de Chile. Sin embargo, al estallar el conflicto, el ejército no se halla aún convenientemente preparado para enfrentarlo.


En las primeras semanas de 1813 arribó a Chiloé el Brigadier de la Real Armada Española don José Antonio Pareja, junto con un cuadro de oficiales y clases. Allí reclutó las milicias isleñas y continuó hacia Valdivia, ciudad que también se plegó a las banderas reales, y el 26 de marzo desembarcó en el puerto de San Vicente (Talcahuano) con tres batallones de infantería y una brigada de artillería, con un total de 2.370 plazas. Reforzado por las fuerzas penquistas, cuerpos de línea y milicias, Pareja inició el avance hacia Santiago.

El ejército realista estaba formado casi en su totalidad por chilenos, reclutados por los oficiales españoles que llegaron junto a Pareja. De los 6.000 hombres con que contaba al llegar a la región de Chillán, sólo los Dragones de la Frontera, el Fijo de Concepción, el Fijo de Valdivia y algunas compañías de artilleros pertenecían a los llamados Batallones Veteranos o de Línea. El resto, la gran mayoría de ese Ejército chileno-realista, quedó integrado por las milicias relcutadas en el camino a Santiago.

Por su parte, el Brigadier José Miguel Carrera, Presidente de la Junta de Gobierno y el Primer Comandante en Jefe del Ejército, partía hacia el sur con una escolta de 15 jinetes, llegando a talca con 50 hombres. En esta ciudad procedió a organizar el Ejército Patriota, al cual se integraron las milicias de las regiones comprendidas entre Santiago y Los Ángeles.

Ambos contingentes rompían el fuego la noche del 26 de Abril de 1813 en la localidad de Yerbas Buenas.


Luego de los sucesivos encuentros y combates que caracterizan los años 1813 y 1814, el Ejército Realista inicia su ofensiva final reforzado por las nuevas tropas enviadas por el Virrey del Perú. Los 800 infantes, que llegaron desde Lima con el Brigadier Gabino Gaínza, más el Batallón Talavera (recién embarcado desde España), dos compañias del Real de Lima y un escuadrón de Húsares, todos bajo el mando del General Mariano Osorio, chocan en Rancagua con las reducidas y peor equipadas tropas patriotas al mando del General Bernardo O'Higgins.

La batalla, que se prolongó por dos días consecutivos en la Plaza de Armas de la ciudad, concluyó con el triunfo de las armas del Rey y marca el fin de la Patria Vieja.

Al cesar en su cargo de Gobernador don Mariano Osorio, le sucede en el poder el Mariscal de Campo don Casimiro Marcó del Pont, quien implanta en toda su represión realista. La tarea de la policía de la ciudad fue encomendada al Batallón español Talaveras, que concentró su acción en la persecución de los elementos patriotas más destacados.

La Reconquista, que duró dos años y meses, sólo encontró la porfiada resistencia de los guerrilleros de Manuel Rodríguez, quienes, encargados de descomponer la unidad del Ejército Realista a través de acciones simultáneas en distintos puntos del país, fueron la avanzada de un Ejército poderoso que se organizaba al otro lado de la cordillera.


Era ése el Ejército de Los Andes, forjado por la mano del Capitán General don José de San Martín.

El 1° de enero de 1817 el ejército chileno-argentino organizado en Mendoza quedaba en óptimas condiciones para iniciar la travesía de Los Andes.

El plan concebido para la reconquista del territorio del territorio perdido se estructuró de la siguiente manera: El grueso del ejército, formado por las columnas de O'Higgins y Soler, cruzaría la cordillera por el paso de Los Patos, para finalmente desembocar en Putaendo, y la división de Las Heras avanzaría por Uspallata, para arribar a Santa Rosa de Los Andes. El fin último de ambas divisiones sería encontrarse el mismo día en el valle de Aconcagua y apoderarse conjuntamente de San Felipe y Los Andes. Otra división, al mando de don Ramón Freire, se introduciría al país por el paso de El Planchón, para penetrar a la zona comprendida entre Curicó y San Fernando, mientras otras fracciones desembocarían en Coquimbo, Copiapó y Portillo.

Las unidades patriotas fueron uniformadas y organizadas de acuerdo a los cánones napoleónicos, como resultado de la presencia en ellas de destacados oficiales que habían participado en las campañas del emperador francés. Derrotado Napoleón Bonaparte (1815), gran cantidad de altos oficiales, franceses e ingleses, se incorporaron a las guerras en América, aportando sus conocimientos tanto tácticos como organizativos. Brayer, Bacler, D'Albe, Beaucheff, Rondizzoni y Viel son algunos de los nombres de esos soldados europeos que unieron su destino al de América independiente.



A la tropa se la vistió de azul, con vivos rojos y fornitura blanca, y se le entregó el modelo de morrión llamado chacó, de suela y con copa plana. Sólo algunas unidades vistieron de rojo con vivos amarillos, como el N°8 de Negros, argentino, o de verde, color que se asignó a los Cazadores de Chile y a los Cazadores de Los Andes. El Batallón Cazadores de Coquimbo vestía de azul con vivos verdes.

Este ejército, vistoso, bien organizado y disciplinado cruzó el gran obstáculo cordillerano, y con la precisión de un reloj cayó sobre los pntos prefijados, en la fecha exacta, definiendo su victoria en los campos de Chacabuco, en la zona precordillerana del Valle de Aconcagua.

El 12 de febrero de 1817, las armas patriotas ponían en fuga al desorganizado ejército de Marcó del Pont, ingresando a la capital en medio de la alegría de un pueblo que por más de dos años había sufrido la represión realista.

La victoria de Chacabuco permitió a Chile, planificar su organizacón como Estado, a la vez que lanzar su mirada desafiante hacia el norte: hacia el Perú de los Virreyes.

Pero la victoria no había conquistado la libertad. Los restos del ejército realista se replegaron hacia el sur y se hicieron fuertes en la zona de Talcahuano, intensificando su acción en la esa región.

A comienzos del año 1818 el Ejército de Los Andes se aproxima a las posiciones españolas, pero en Cancha Rayada su avance victorioso se transforma en una caótica derrota. Sólo queda entonces la alternativa desesperada de retroceder hacia Santiago y defender la capital hasta el último hombre.

Luego de la victoria lograda sobre el ejército patriota en Cancha Rayada, el general español don Mariano Osorio, avanza sobre Santiago en persecución de las tropas de San Martín y O'Higgins. El primero ha debido asumir el mando total del ejército debido a que O'Higgins se encuentra herido y hace los aprestos necesarios para hacer frente al ataque realista.

Al amanecer del 5 de abril de 1818 ambos ejércitos ocupan sus posiciones para la batalla devisiva.

El ejército realista toma colocación en una meseta ubicada al norte de las casass de Lo Espejo, donde se instala el parque y bagajes. En seguida procede a desplegar sus cuatro batallones de infantería y una compañía de zapadores en tres columnas, cada una de ellas con 4 cañones, a la vez que refuerza la línea con las escasas unidades de caballería de que dispone.

Por su parte, los patriotas, separados de las fuerzas adversarias por una hondonada, forman en tres divisiones, con un total de 9 batallones de infantería, de los cuales tres constituyen la reserva. La caballería, integrada por Granaderos y Cazadores, se ubica a derecha e izquierda de la línea respectivamente.

La artillería patriota, superior en número, abre fuego cerca de mediodía y a su amparo, las divisiones de Las Heras y Alvarado marchan sobre la posición realista. Sin embargo, muy pronto sus filas muestran el efecto de la certera puntería de los veteranos batallones del rey y las unidades de la división de Las Heras deben replegarse perseguidas por la caballería española. A pesar de ello, la oportuna intervención de los Granaderos patriotas restablece la línea y logran rechazar al adversario.


Por otra parte, mientras Las Heras retrocede, Alvarado encuentra una fuerte resistencia que le obliga a replegarse en desorden. Esta situación es rápidamente aprovechada por el coronel realista Ordóñez, quien encabeza el contraataque al mando de los batallones Burgos, Arequipa, Infante Don Carlos y Concepción. El empuje de los españoles es avasallador, pero cerradas descargas de la artillería patriota frenan su avance. A esto se suma la aparición de la reserva de Quintana que con su ímpetu hace retroceder definitivamente al adversario.

Con su caballería desbandada, la artillería perdida, salvo dos piezas y habiendo huido el general Osorio del campo, Ordóñez toma el mando y formando en apretadas columnas su magnífica artillería, se repliega sobre las casas de Los Espejo. En perfecto orden, vendiendo caras sus vidas, los soldados realistas se retiran con sus banderas desplegadas al viento. Son las 2 de la tarde de aquel día 5 de abril.

Llegados a Lo Espejo, Ordóñez distribuye su gente en techos y cercos, y abre devastador fuego sobre la infantería patriota que avanza a la carrera en su persecución. El batallón de Cazadores de Coquimbo, lanzado en imprudente ataque, es diezmado y debe retroceder dejando a 250 de los suyos en terreno, San Martín ordena entonces el bombardeo de la posición realista, que resiste con desesperación en una lucha sin cuartel. Sin embargo, pocos son los que logran escapar, alcanzando sus bajas a los 1.500 muertos y 2.289 prisioneros, más las armas y bagajes de todo el ejército.


El abrazo emocionado de O'Higgins y San Martín, en medio del delirante entusiasmo de la tropa, confirma la victoria y afianza definitivamente la independencia de Chile.

Habiéndose afianzado la independencia de Chile en Maipú, O'Higgins, Director Supremo de la nación, emprende el extraordinario proyecto de equipar una expedición libertadora para el Perú. Para ello, contando sólo con la entusiasta adhesión de sus esforazados seguidores y los escasos recursos que el país podía facilitar, equipa una escuadra integrada por los buques de guerra: O'Higgins, Lautaro, San Martín, Araucano, Galvarino, Independencia y Moctezuma, y numerosos transportes. En ellos se embarcan 4.000 hombres, en su mayoría chilenos, distribuidos en cinco batallones de infantería, uno de artillería y dos regimientos de caballería.

Esta expedición, que con tanto sacrificio se montara, deambulará por las planicies peruanas durante cuatro largos años antes de obtener el triunfo decisivo junto a las tropas de Bolívar en Junín y Ayacucho. Con un mando vacilante, diazmados por las enfermedades y el terrible clima de la sierra, sólo dos hechos, ambos navales, marcan esta prolongada campaña. Uno es la captura de la Esmeralda, y el otro la toma de Valdivia.


La Esmeralda, poderosa fragata de guerra española, se encontraba fondeada en el Callao, protegida por 300 bocas de fuego. El almirante Cochrane, brillante marino británico que se había incorporado a la lucha por la independencia de Chile y era el Comandante en Jefe de la Escuadra, concibe un hábil plan para apoderarse de tan preciada presa, y en la noche del 5 de noviembre de 1820 a la cabeza de 160 marineros y 80 infantes de marina, vestidos de blanco y con un brazal azul para distinguirse, aborda por sorpresa la nave española. Tras 17 mintuos de violento combate con arma blanca, se apodera de la nave, que saca de la bahía en medio de la ira y el estupor de sus adversarios.

La frase de Cochrane "jamás había visto desplegar mayor bravura que la de mis compañeros", rinde merecido tributo a una de las grandes hazañas de nuestra Armada.

El hecho más significativo de la campaña libertadora es, sin duda, la toma de Valdivia, por su importancia estratégica, ya que con ella los realistas se vieron despojados de su más poderoso bastión en Chile.

A la cabeza de la Escuadra Libertadora, Cochrane persigue a la Armada Española hasta Guayaquil y desde allí zarpa en diciembre de 1819 con rumbo al sur en su nave insignia. Su meta: los fuertes de Valdivia a 3.400 millas de distancia.

Tras recoger refuerzos en Talcahuano, integrados por los batallones de infantería N° 1 y 3, al mando del Sargento Mayor Jorge Beaucheff, antiguo oficial de Napoleón, Cochrane zarpa hacia Valdivia con una escuadrilla integrada, además de la O'Higgins, por el bergatín Intrépido y la goleta Moctezuma.

La plaza fuerte de Valdivia, conocida como el Gibraltar del Pacífico, estaba constituida en 1820 por una cadena de reductos que rodeaban la bahía como tenazas. Partiendo de la batería del Molino al nororiente, una sucesión de 9 baterias, 4 fuertes y 4 poderosos castillos de piedra flanqueaban el acceso a Valdivia hasta cerrar el anillo de fuego de sus 110 piezas de artillería en el morro Gonzalo, al surponiente de la bahía. 1.800 hombres de infantería y artilleros, entre soldados de línea del Cantabria y Valdivia y milicianos reclutados entre los criollos partidarios del Rey en la zona, guarnecen los fuertes y sus accesos.


Frente a estas formidables defensas, Cochrane cuenta con algo más de 400 hombres, entre soldados de línea e infantes de marina. Estos últimos, mandados por el Comandante Guillermo Miller, serán los primeros en desembarcar en la Aguada del Inglés, bajo el martilleo de los cañones realistas.

Con las baterías de la Moctezuma y el Intrépido apoyando la maniobra, los patriotas se lanzan a la carrera por los estrechos senderos que unen las fortificaciones adversarias, tomándolas a la bayoneta una tras otra.

Al atardecer del día 4 de febrero de 1820, al amparo de las sombras, los chilenos asaltan el castillo de Corral. Antes de medianoche San Carlos, Amargos, Chorocamayo Alto y Bajo y la fortaleza de Corral, están en manos patriotas, mientras los defensores sobrevivientes cruzan al otro lado de la bahía, utilizando cualquier medio para escapar del combate.

Al amanecer del día 5 hace su aparición la fragata O'Higgins, que había varado el día anterior, y ante su vista los defensores de los restantes fuertes consideran preferible capitular. Ese mismo día Cochrane hace su entrada a Valdivia. La increíble hazaña se había logrado.

Debido a la imprevisión del Alto Mando patriota y a la falta de recursos del gobierno, que había gastado hasta su último centavo en el equipamiento de la Expedición Libertadora del Perú, los restos del derrotado ejército español logran concentrarse en la zona sur del país, la que se convierte en el centro de la resistencia realista.

Sus fuerzas se ven allí incrementadas al unírsele las montoneras acaudilladas por destacados hacendados realistas, que reclutan sus hombres entre el inqilinaje y los indígenas de esa inmensa y no sometida región.


Sólo un año después de la victoria de Maipú, el gobierno decide expedicionar hacia Concepción para batir los últimos puntos rebeldes. Sin embargo, esta lucha, que parecia de fácil término, se transforma en una sucesión de hechos sangrientos, que sólo terminarán casi una década más tarde con la derrota total de los últimos defensores del Rey.

Frente a una masa de centenares de jinetes bien pertrechados, los patriotas sólo pueden oponer débiles unidades, mal vestidas y peor equipadas, cuyos jinetes marchan con sus monturas al hombro por falta de caballos y cuyaos infantes carecen de calzado. Sus denodados jefes Ramón Freire, Jorge Beaucheff y Joaquín Prieto luchan con la impotencia del que se sabe olvidado. Los refuerzos que ocasionalmente llegan, pronto desaparecen en el fragor de la lucha.

Dentro del marco de esta inhumana guerra, dos hechos destacan por su excesiva violencia. Ellos son las batallas de Pangal y Tarpellanca.

En el Combate de Pangal, el Comandante O'Carrol, brillante militar inglés al servicio de Chile, entra en campaña al frente de su flamante escuadrón de Dragones, en septiembre de 1820.


Días más tarde, emboscados en Pangal por los realistas, las hermosas chaquetas azules de sus jinetes sirven de botín de guerra a los indios a la par que su bravo jefe es fusilado por los vencedores. Sólo pocos días después, el 26 del mismo mes, el Mariscal Andrés de Alcázar, copado en Tarpellanca al frente de un puñado de soldados de la guarnición de Los Ángeles y centenares de civiles, rinde sus hombres a la palabra del caudillo Benavides. Este, asegurado el triunfo, pasa a cuchillo al anciano Mariscal y a todos los hombres, mientras las mujeres son entregadas como botín de guerra a sus seguidores.

Ante esta situación nuevas unidades patriotas se unen a la lucha en el sur, mientras los comandantes Freire y Prieto elaboran un plan de acción coordinada.

Las victorias de la Alameda de Concepción y Vegas de Saldías sellan definitivamente la victoria de las fuerzas patriotas, poniendo término a esta, tan larga como sangrienta campaña, que constituye uno de los capítulos más sombríos de nuestra historia republicana. 




Fuente:

- 4 siglos de Uniformes en Chile. Alberto y Antonio Márquez. 1977

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